Núremberg: La película, el juicio y el veredicto — Cuando la historia regresa a los tribunales
Hay pocos momentos en la historia de la humanidad en que la justicia haya tenido que enfrentarse directamente al mal en su forma más organizada, sistemática y calculada. Núremberg fue uno de esos momentos. Entre noviembre de 1945 y octubre de 1946, veintiún de los líderes más importantes del Tercer Reich se sentaron en el banquillo de los acusados ante el Tribunal Militar Internacional, en la misma ciudad que había sido escenario de las grandes paradas del nazismo, de los encendidos discursos de Hitler, de las Leyes de Núremberg que legalizaron la discriminación racial. La elección del lugar no fue casual: era un ejercicio deliberado de simbolismo histórico.
El juicio de Núremberg no solo juzgó a hombres concretos por crímenes concretos. Estableció el principio —radical entonces, hoy fundamental en el derecho internacional— de que existen crímenes contra la humanidad que ningún Estado puede cometer impunemente, y que ninguna orden superior exime a quien los ejecuta de su responsabilidad moral y penal. En ese sentido, Núremberg fue la piedra fundacional de la civilización tal y como la entendemos hoy.
Ahora, casi ochenta años después de aquellos juicios, el director James Vanderbilt ha llevado de nuevo esa historia a la pantalla grande. La película Nuremberg (2025), protagonizada por Russell Crowe, Rami Malek y Michael Shannon, vuelve a plantear preguntas que siguen siendo urgentes: ¿Cómo es posible que personas inteligentes cometan crímenes atroces? ¿Qué papel juegan la obediencia, la ideología y el miedo en la comisión del mal? ¿Puede la justicia ser universal? Y, sobre todo: ¿qué nos dicen los monstruos de ayer sobre los peligros de hoy?
1. Russell Crowe y el Monstruo Carismático
Russell Crowe interpreta a Hermann Göring, y lo hace con una fidelidad notable. Göring es quizás el personaje más fascinante —y más perturbador— de todo el proceso de Núremberg. No era el archivero gris que seguía instrucciones en silencio. Era un hombre de presencia aplastante, inteligencia aguda, humor mordaz y un ego colosal. Había sido el segundo hombre del Reich —Reichsmarschall, jefe de la Luftwaffe, presidente del Reichstag, plenipotenciario del Plan de los Cuatro Años y sucesor designado de Hitler hasta que el propio Führer, en los últimos días de la guerra, le revocó ese título y ordenó su arresto por traición—. En el banquillo de los acusados, Göring no se mostró arrepentido ni abatido. Se mostró teatral, combativo, incluso satisfecho de sí mismo.
La actuación de Crowe recuerda inevitablemente a su memorable Maximus en Gladiador (2000, dir. Ridley Scott): la misma capacidad para habitar un personaje que ocupa físicamente el espacio con autoridad, que irradia poder incluso cuando está encadenado. Pero aquí el personaje no es un héroe trágico, sino un criminal de guerra que se niega a reconocerse como tal.
Para entender a Göring en el estrado, conviene recurrir al testimonio directo del doctor Gustave Gilbert, psicólogo oficial de la prisión, quien documentó sus conversaciones con los acusados en el clásico Nuremberg Diary (1947). Gilbert describe a un Göring que «intentaba dar la impresión de ser un realista jovial que había apostado fuerte y perdido, tomándoselo todo deportivamente». Cualquier cuestión de culpabilidad quedaba enterrada bajo «su actitud cínica hacia la "justicia de los vencedores"». Tenía racionalizaciones para todo: para la conducta de la guerra, para su supuesta ignorancia de las atrocidades, para la «culpa» de los Aliados.
«No podía ocultar un egotismo patológico y la incapacidad de tolerar cualquier cosa que no fuera la adulación y la admiración por su liderazgo, mientras expresaba libremente su desprecio hacia los demás líderes nazis.»
— Dr. Gustave Gilbert, Nuremberg Diary (1947)
Uno de los momentos más reveladores que registra Gilbert ocurre el fin de semana del 16 al 17 de marzo de 1946, cuando Göring, agotado tras tres días de testimonio, comienza a rumiar su destino y su lugar en la historia. Rechaza el humanitarismo como una amenaza a su futura grandeza, y arguye que los grandes imperios —el de Gengis Kan, el romano, el británico— no se construyeron con escrúpulos humanitarios. Gilbert le replica que el mundo del siglo XX es «demasiado sofisticado para considerar la guerra y el asesinato como signos de grandeza». Göring lo rechaza tachándolo de «idealismo sentimental de un americano que puede permitirse esa autoilusión», señalando con ironía que América también hizo su propio Lebensraum mediante la revolución, la masacre y la guerra.
Cuando termina su declaración, la primera pregunta de Göring a Gilbert no es sobre el veredicto ni sobre su familia. Es: «¿No crees que no he quedado mal, verdad?» Y ante el silencio del psicólogo, insiste: «Apuesto a que incluso la acusación tuvo que admitir que lo hice bien, ¿no? ¿Oíste algo?» Gilbert anota lacónicamente: «No pudo evitar admirarse a sí mismo, y se detuvo un momento para hacerlo.»
2. El Film, la Historia y las Licencias Cinematográficas
La película de Vanderbilt dura 148 minutos y tiene una clasificación PG-13. Además de Crowe como Göring, cuenta con Rami Malek (conocido por su papel de Freddie Mercury en Bohemian Rhapsody) interpretando al psiquiatra oficial de la prisión, el doctor Douglas Kelley, y con Colin Hans en el papel del psicólogo Gustave Gilbert. La decisión de centrar toda la trama en la relación entre Göring y Kelley, siguiendo el libro The Nazi and the Psychiatrist de Jack El-Hai, resulta dramáticamente interesante pero históricamente problemática.
En la realidad, el propio Gilbert aclara en los agradecimientos de su Nuremberg Diary que Kelley dejó el puesto «tras el primer mes de juicio» y fue sucedido por el mayor Leon N. Goldensohn para la mayor parte del proceso. Es decir, la relación central de la película —el largo duelo intelectual y psicológico entre Kelley y Göring— es en buena medida una construcción dramática. Gilbert, quien sí estuvo presente durante todo el juicio y dejó el testimonio más exhaustivo y profundo de la experiencia, aparece reducido a un papel terciario.
Hay otra libertad histórica que merece mención: la película muestra al doctor Kelley visitando a Emmy Göring, esposa del Reichsmarschall, y a su hija Edda. En la realidad, fue Gilbert quien realizó esa visita, y le dedicó un capítulo entero en su diario. Emmy Göring tenía mucho que decir:
«Le conté a Himmler que quería ir a visitar el campo de concentración de Auschwitz, porque había recibido muchas cartas diciendo que las cosas no iban del todo bien. Como primera dama del país, quería convencerme de que todo estaba en orden. Himmler me escribió una carta cortés, pero me dijo que no me metiera en asuntos que no eran de mi incumbencia.»
— Emmy Göring, según el relato de Gilbert en Nuremberg Diary
¿Por qué los cineastas toman estas libertades con los hechos? La verdad documentada, en este caso, es tan rica y dramática como cualquier ficción. La visita de Gilbert a Emmy Göring, la conversación sobre Auschwitz, la furia de una madre al recordar la orden de matar a su hija: todo eso estaba ya en el libro. No hacía falta inventar nada.
3. El Psicoanálisis del Mal: Inteligencia sin Conciencia
Una de las contribuciones más perturbadoras de los juicios de Núremberg al conocimiento humano es la que aportó el doctor Gilbert con su batería de pruebas psicológicas aplicadas a los acusados. Además del ya desacreditado test de Rorschach, Gilbert administró la Escala de Inteligencia para Adultos de Wechsler, cuyos resultados son reveladores:
| Acusado | Cargo principal | CI (Wechsler) |
|---|---|---|
| Arthur Seyss-Inquart | Comisario del Reich para Países Bajos | 143 |
| Hermann Göring | Reichsmarschall / Jefe de la Luftwaffe | 138 |
| Karl Doenitz | Gran Almirante / Sucesor de Hitler | 138 |
| Franz von Papen | Vicecanciller del Reich | 134 |
| Hans Frank | Gobernador general de Polonia ocupada | 130 |
| Joachim von Ribbentrop | Ministro de Asuntos Exteriores | 129 |
| Wilhelm Keitel | Jefe del Alto Mando de la Wehrmacht | 129 |
| Albert Speer | Ministro de Armamento | 128 |
| Alfred Jodl | Jefe de Operaciones del Alto Mando | 127 |
| Walther Funk | Ministro de Economía | 124 |
| Fritz Sauckel | Plenipotenciario de Trabajo Esclavo | 118 |
| Ernst Kaltenbrunner | Jefe de Seguridad del Reich (RSHA) | 113 |
«Los cocientes intelectuales muestran que los líderes nazis estaban por encima de la inteligencia media, confirmando el hecho de que los hombres más exitosos en cualquier esfera de la actividad humana —ya sea política, industria, militarismo o crimen— tienden a estar por encima de la inteligencia media. El CI no indica sino la eficiencia mecánica de la mente, y no tiene nada que ver con el carácter o la moral.»
— Dr. Gustave Gilbert, Nuremberg Diary
Esta conclusión tiene una implicación que debería hacernos reflexionar: el mal no es necesariamente el resultado de la estupidez. Al contrario, puede ser organizado, planificado y ejecutado con extraordinaria competencia técnica por personas de inteligencia superior. El Holocausto no fue una explosión irracional de furia primitiva. Fue un proyecto burocrático, logístico e ideológico de una complejidad abrumadora, que requirió la colaboración de miles de personas inteligentes, educadas y competentes.
Gilbert va más lejos: «Un movimiento social tan amplio y catastrófico como el nazismo no puede analizarse y comprenderse adecuadamente en términos meramente de los rasgos de carácter individuales de sus líderes. Un enfoque psicológico realista requiere una comprensión de las personalidades totales en interacción con su entorno social e histórico.» En otras palabras: buscar al monstruo único y excepcional es un error de análisis. El nazismo fue un fenómeno sistémico.
4. La Defensa de los Vencidos: Órdenes son Órdenes
La mayoría de los acusados en Núremberg recurrió a alguna variante de la misma defensa: yo solo seguía órdenes. Befehl ist Befehl —las órdenes son las órdenes— se convirtió en lo que hoy se conoce como la «defensa de Núremberg», y su fracaso en el tribunal estableció un principio moral y jurídico de enorme importancia: que la obediencia no exime de responsabilidad.
Las declaraciones iniciales de los acusados, recogidas por Gilbert, ilustran la variedad y pobreza de estos argumentos:
- Joachim von Ribbentrop — Ministro de Asuntos Exteriores «Todos estábamos bajo la sombra de Hitler.»
- Ernst Kaltenbrunner — Jefe de la sede central de seguridad de Himmler «No me siento culpable de ningún crimen de guerra. Solo he cumplido con mi deber como órgano de inteligencia, y me niego a servir como sustituto de Himmler.»
- Hans Frank — Gobernador general de la Polonia ocupada «Considero este juicio un tribunal mundial querido por Dios, destinado a examinar y poner fin a la terrible era de sufrimiento bajo Adolf Hitler.»
- Field Marshal Keitel — Jefe del Alto Mando de la Wehrmacht «Para un soldado, las órdenes son las órdenes.»
- Almirante Doenitz — Sucesor designado de Hitler «Ninguno de estos cargos de acusación me concierne en absoluto.»
Göring, en su declaración final, desertó simbólicamente de Hitler e hizo una grandiosa protesta de su propia inocencia, invocando a Dios y al pueblo alemán como testigos de que había actuado por puro patriotismo. Esta hipocresía enfureció a Von Papen, quien se abalanzó sobre él durante el almuerzo: «¿Quién demonios es responsable de toda esta destrucción si no es usted? ¡Usted era el segundo hombre del Estado!» Göring le miró con suficiencia y replicó: «Bueno, ¿por qué no asume usted la responsabilidad entonces? ¡Usted era el Vicecanciller!»
Lo que resulta especialmente perturbador es que Göring conocía perfectamente los mecanismos del poder y de la manipulación de masas. La conversación más citada de todo el proceso, la que tuvo con Gilbert sobre la guerra y la democracia, lo demuestra con escalofriante claridad:
Göring: Por supuesto, el pueblo no quiere la guerra. ¿Por qué querría algún pobre diablo en una granja arriesgar su vida en una guerra cuando lo mejor que puede obtener de ella es volver a su granja entero? Naturalmente, la gente común no quiere la guerra; ni en Rusia, ni en Inglaterra, ni en América, ni en Alemania. Eso se entiende. Pero, después de todo, son los líderes del país los que determinan la política, y siempre es sencillo arrastrar al pueblo, ya sea en una democracia, una dictadura fascista, un parlamento o una dictadura comunista.
Gilbert: Hay una diferencia. En una democracia, el pueblo tiene algo que decir a través de sus representantes elegidos, y en Estados Unidos solo el Congreso puede declarar guerras.
Göring: Eso está muy bien, pero, voz o no voz, siempre se puede llevar al pueblo a la voluntad de los líderes. Es fácil. Solo hay que decirles que están siendo atacados, y denunciar a los pacifistas por falta de patriotismo y por exponer el país al peligro. Funciona igual en cualquier país.
La vigencia de estas palabras no requiere mucha explicación para cualquier lector del siglo XXI.
5. La Película como Documento: El Cine de las Atrocidades
Uno de los momentos más poderosos del juicio de Núremberg —y que la película recrea— fue la proyección del documental The Nazi Concentration Camps, dirigido por George Stevens, cineasta que había filmado personalmente los campos liberados. Las imágenes de Nordhausen, de los cuerpos apilados, de los supervivientes esqueléticos, se proyectaron en la sala del tribunal ante los propios acusados.
Gilbert tomó notas minuciosas observando las reacciones de los nazis mientras las imágenes avanzaban. Su registro es uno de los documentos más perturbadores de la historia de la psicología:
«Fritzsche ya está pálido y se sienta consternado cuando empieza con escenas de prisioneros quemados vivos en un granero… Keitel se seca la frente, se quita los auriculares… Göring apoyó su cabeza en la mano y pareció cansado, luego se removió con inquietud en el banquillo y cambió de posición. Funk se cubre los ojos, parece estar en agonía, sacude la cabeza… Ribbentrop cierra los ojos, aparta la mirada… Sauckel se seca la frente… Frank traga saliva, parpadea, intentando contener las lágrimas… Speer parece muy triste, traga saliva… Los abogados defensores murmuran: "Por Dios, terrible."»
— Dr. Gustave Gilbert, Nuremberg Diary
Esta secuencia tiene una importancia histórica que va más allá del drama judicial. Era la primera vez en la historia que un tribunal utilizaba material fílmico como prueba. El cine, que los nazis habían empleado con tanta maestría para su propia propaganda —piénsese en Leni Riefenstahl y El triunfo de la voluntad— se volvía ahora contra ellos como instrumento de verdad y de justicia.
La película de Vanderbilt también recrea esta secuencia, y es uno de sus momentos más logrados. La cámara alterna entre las imágenes proyectadas y los rostros de los acusados: la incomodidad de unos, el horror genuino de otros, la indiferencia calculada de Göring. Porque Göring, incluso ante la evidencia visual de las masacres, se aferraba a sus racionalizaciones: había que verlo en el contexto de la guerra total, los Aliados también habían cometido crímenes, la «justicia de los vencedores» era siempre arbitraria.
6. El Marco Jurídico: Invención de un Nuevo Derecho
Quizás el legado más duradero de Núremberg no sea el veredicto en sí, sino el marco jurídico que creó. Antes de 1945, el concepto de «crímenes contra la humanidad» no existía en el derecho internacional. Los Estados podían hacer prácticamente lo que quisieran dentro de sus propias fronteras sin temor a consecuencias legales externas. Núremberg cambió eso para siempre.
La Comisión de Derecho Internacional, nacida del proceso, definió los crímenes contra la humanidad como:
«Asesinato, exterminio, esclavitud, deportación y otros actos inhumanos cometidos contra cualquier población civil, o persecuciones por motivos políticos, raciales o religiosos, cuando tales actos se cometen o tales persecuciones se llevan a cabo en ejecución de o en conexión con cualquier crimen contra la paz o cualquier crimen de guerra.»
— Comisión de Derecho Internacional de las Naciones Unidas, 1947
Los principios de Núremberg, establecidos en la Carta del Tribunal Militar Internacional, son igualmente fundamentales:
Principio I: «Toda persona que cometa un acto que constituya un crimen bajo el derecho internacional es responsable del mismo y está sujeta a sanción.»
Principio II: «El hecho de que el derecho interno no imponga una sanción por un acto que constituye un crimen bajo el derecho internacional no exime a la persona que cometió el acto de su responsabilidad bajo el derecho internacional.»
Estos principios son la base sobre la que descansa todo el edificio del derecho internacional penal moderno: el Tribunal Penal Internacional para la ex Yugoslavia, el Tribunal Penal Internacional para Ruanda, la Corte Penal Internacional creada por el Estatuto de Roma en 1998. Sin Núremberg, nada de eso habría existido.
El juez supremo Robert Jackson, fiscal jefe americano en el proceso, articuló la paradoja ética fundamental:
«Pasar a estos acusados un cáliz envenenado es ponerlo también en nuestros propios labios.»
— Juez Robert Jackson, declaración de apertura del proceso
La grandeza moral de Núremberg residió precisamente en que, aun cuando la culpabilidad de los acusados era en muchos casos obvia para cualquier observador, el tribunal se empeñó en seguir los procedimientos del Estado de derecho.
7. Los Veredictos: La Justicia se Impone
Los cuatro cargos del acta de acusación contra Göring y los demás eran: (1) Conspiración para cometer los crímenes mencionados en los demás cargos; (2) Crímenes contra la paz; (3) Crímenes de guerra; (4) Crímenes contra la humanidad.
Culpable en los cuatro cargos.
Sentencia: Muerte en la horca.
Fueron igualmente condenados a muerte: Ribbentrop, Keitel, Kaltenbrunner, Rosenberg, Frank, Frick, Streicher, Sauckel, Jodl y Seyss-Inquart. Hess recibió cadena perpetua. Otros fueron condenados a penas de entre diez y veinte años. Tres acusados fueron absueltos.
Ninguno de los condenados pareció sorprenderse por la sentencia. Gilbert registra en el epílogo de su diario que los acusados sabían perfectamente a lo que se enfrentaban. Göring lo reconoció abiertamente: esperaba la pena de muerte desde el principio, y confesó que se alegraba de no haber recibido cadena perpetua, «porque los que son condenados a prisión de por vida nunca se convierten en mártires».
Y sin embargo, la historia reservaba a Göring un último golpe de teatro. En la noche del 15 de octubre de 1946, pocas horas antes de que debiera ser ejecutado, mordió una cápsula de cianuro y murió. Hasta hoy nadie sabe con certeza quién le facilitó el veneno.
La película de Vanderbilt opta por una interpretación artística: presenta su muerte como una especie de truco de magia, ligando así el final con el comienzo de la cinta. La explicación más probable, como señala Shermer, es que Göring utilizó su considerable carisma personal para convencer a algún guardia inexperto de que le pasara la cápsula en el último momento. El mismo hombre que había convencido a millones de alemanes corrientes de cometer crímenes extraordinarios supo convencer, al final, a un soldado anónimo de ayudarle a escapar del último castigo.
8. El Comandante Andrus y la Cotidianidad de la Prisión
Hay un personaje que la película apenas toca pero que merece atención: el coronel Burton C. Andrus, comandante de la prisión de Núremberg. Gilbert recoge en su diario una frase del coronel que dice mucho del hombre y del ambiente:
«Cuando Göring llegó a mí en Mondorf, era un baboso llorón con dos maletas llenas de paracodefina. Pensé que era un vendedor de drogas. Pero le quitamos su droga e hicimos de él un hombre.»
— Coronel B. C. Andrus, comandante de la prisión de Núremberg
La observación es reveladora en más de un sentido. Göring, el poderoso Reichsmarschall, el segundo hombre del Reich, llegó a manos de los Aliados en un estado de postración física y de adicción a los opiáceos. El proceso de Núremberg fue, entre otras cosas, el proceso de su rehabilitación física: le retiraron las drogas, le hicieron bajar de peso, le dieron estructura y disciplina. Y el resultado fue ese Göring teatral, combativo y lúcido que vemos en las fotografías y en las transcripciones del juicio.
Andrus tenía la tarea imposible de mantener con vida a los acusados hasta que se ejecutaran sus sentencias, mientras garantizaba que no pudieran comunicarse entre sí de forma que coordinaran sus defensas. Era también responsable de que ninguno cometiera suicidio —como ya había ocurrido con Robert Ley— o intentara escapar. Falló en lo último con Göring, y ese fracaso le persiguió el resto de su vida.
9. La Relevancia del Proceso en el Siglo XXI
¿Por qué importa Núremberg hoy? ¿Por qué una película de 2025 sobre juicios celebrados en 1945-1946 merece nuestra atención?
La respuesta más obvia es que el mundo que Núremberg construyó está siendo cuestionado. La arquitectura del derecho internacional penal —la Corte Penal Internacional, la Convención sobre el Genocidio, los tribunales ad hoc— es imperfecta y limitada, pero es lo que hay entre la comunidad internacional y la impunidad total de los crímenes de Estado. Cuando líderes políticos en diferentes partes del mundo cuestionan esas instituciones, se están alejando del legado de Núremberg.
La segunda razón es más psicológica. Los juicios de Núremberg nos enseñaron que el mal no tiene un rostro reconocible. Los acusados no eran monstruos en el sentido de que fueran seres aparte de la humanidad. Eran hombres inteligentes, algunos carismáticos, algunos incluso con sentido del humor. Tenían familias que los amaban, amigos que los admiraban, subordinados que los respetaban. Esa es la verdadera lección perturbadora: el mal ordinario, el mal burocrático, el mal que se comete «siguiendo órdenes», es infinitamente más peligroso que el mal del psicópata solitario, precisamente porque es más común, más escalable y más fácil de justificar.
Hannah Arendt, quien cubrió el juicio de Adolf Eichmann en Jerusalén en 1961 —otro de los grandes procesos herederos de Núremberg—, acuñó la expresión «banalidad del mal» para describir exactamente esto: la capacidad del sistema burocrático de convertir a personas normales en perpetradores de crímenes extraordinarios. Gilbert llegó a una conclusión similar desde la psicología clínica: el problema no está solo en los líderes, sino en la interacción entre esos líderes y las estructuras sociales, políticas e ideológicas que les permiten actuar.
La tercera razón por la que Núremberg importa hoy es la que Shermer señala con sencillez pero con contundencia: «Si la justicia no prevalece, entonces el mal prevalecerá.» Es una verdad tan antigua como la historia humana, pero tan fácil de olvidar en los períodos de estabilidad aparente.
10. La Película: Un Balance Crítico
¿Merece verse Nuremberg (2025)? La respuesta es sí, con matices.
Sus virtudes son evidentes. Russell Crowe ofrece una actuación de enorme energía y complejidad, capturando la grandiosidad narcisista de Göring sin caer en la caricatura. La recreación del ambiente del juicio es cuidadosa y atmosférica. La película no escamotea la dureza moral del material: muestra las imágenes de los campos, los cuerpos, la magnitud del horror que los acusados habían orquestado o permitido.
Sus limitaciones son también claras. La decisión de marginar al doctor Gilbert en favor del doctor Kelley —quien en la realidad estuvo presente solo durante el primer mes del proceso— distorsiona la historia sin añadir valor dramático equivalente. Las licencias artísticas con los hechos documentados son innecesarias porque la historia real es ya suficientemente rica y dramática.
Pero quizás el reproche más serio que puede hacerse a la película es de orden conceptual: la tentación de reducir Núremberg a la historia personal de un psiquiatra y un criminal de guerra, cuando el proceso fue algo infinitamente más grande. Fue el momento en que la humanidad decidió que había crímenes demasiado grandes para quedar impunes, que ningún Estado era soberano hasta el punto de poder exterminar a su propia población sin rendir cuentas, que la obediencia ciega no era una excusa moral válida.
11. Conclusión: Lo Que Núremberg Nos Enseñó
El proceso de Núremberg concluyó el 1 de octubre de 1946. Doce de los acusados fueron condenados a muerte. Tres a cadena perpetua. Cuatro a penas de entre diez y veinte años. Tres fueron absueltos. Las ejecuciones se llevaron a cabo el 16 de octubre de 1946 —Göring se había suicidado la noche anterior.
En el largo plazo, lo que quedó fue la estructura jurídica y moral que los juicios establecieron. Quedó el principio de que los crímenes contra la humanidad son imprescriptibles y universalmente perseguibles. Quedó la documentación: miles de páginas de transcripciones, fotografías, películas, testimonios que hacen imposible negar lo que ocurrió. Y quedó, más profundamente, la pregunta que Núremberg no respondió del todo pero que planteó con una claridad sin precedentes: ¿cómo es posible que esto ocurra, y cómo podemos evitar que vuelva a ocurrir?
El doctor Gilbert, en las últimas páginas de su Nuremberg Diary, propone una respuesta provisional: la educación, la construcción de instituciones que limiten el poder arbitrario, el cultivo de una cultura que valore la empatía y el pensamiento crítico por encima de la obediencia ciega y el fanatismo tribal. Son respuestas imperfectas para una pregunta que la naturaleza humana complica sin cesar.
Pero la alternativa —no plantearse la pregunta, olvidar los juicios, dejar que los crímenes queden sin nombre y sin condena— es peor. Mucho peor. Eso es lo que Núremberg nos enseñó. Eso es lo que la película de Vanderbilt, con todos sus defectos, tiene el mérito de recordarnos. Y eso es lo que, en un mundo donde los populismos vuelven a crecer y las instituciones internacionales vuelven a ser cuestionadas, conviene no olvidar.
«Pasar a estos acusados un cáliz envenenado es ponerlo también en nuestros propios labios. La justicia, para ser legítima, debe ser universal. Y la memoria, para ser útil, debe ser honesta.»
— Juez Robert Jackson